Yo odié a Hermann Tertsch

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.” Con este mensaje se dirigía Ernesto Che Guevara a la “Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América latina” en Abril de 1967.

La historia que me dispongo a contarles se podría calificar de confesión en sí misma. Es posible que muchos de ustedes conozcan casos parecidos o, quién sabe, se sientan identificados en cierto sentido con ella. Expondré a continuación un tránsito personal entre posiciones ideológicas antagónicas que, hasta hace sólo algunos años, jamás habría podido acercarme a esbozar en mi mente. Si de algo estoy seguro es de lo que me diría (y no con demasiada amabilidad) mi yo del pasado si hubiera tenido la ocasión de verme en la actualidad: “te has convertido en un traidor de clase”.

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Es innegable la impaciencia y el ímpetu que intrínsecamente subyace en la juventud a la hora de luchar contra lo que se cree injusto. En los tiempos que corren, el no experimentar en mayor o menor grado ese sentimiento en los primeros años de adolescencia podría hasta calificarse de anomalía. Ya conocen ese dicho: “si no eres de izquierdas cuando eres joven es que no tienes corazón”. Y yo no iba a ser menos.

Así me encontraba yo durante mis primeros años de juventud (la cual aún conservo hoy), totalmente integrado dentro de los movimientos de izquierda radical de mi ciudad. Eran tiempos de militancia y adrenalina en grandes dosis, ya saben: manifestaciones, huelgas, asambleas, alguna que otra reyerta… Creía con todas mis fuerzas que el camino de la revolución violenta era el camino de la libertad (el fin siempre justificaba los medios). Para entender todo aquello y a diferencia, eso sí, de muchos de mis camaradas más preocupados en aplicar la justicia proletaria (buscar bronca, básicamente) que en adquirir conocimientos teóricos en los que sustentarla, me nutrí de infinidad de lecturas de los clásicos del marxismo: Lenin, Marx, Engels, Luxemburgo… (es algo que a día de hoy agradezco). Pero había un condimento que, lecturas a parte, nos unía a todos aquellos pequeños tiranos izquierdistas radicales cocinados dentro de ese caldo colectivista donde el individuo no existía: el odio. Sin duda era nuestro motor, nuestra motivación y nuestra triste filosofía de vida por mucho que lo disfrazáramos de un relato romántico por la libertad de la clase trabajadora (aún no estaban tan de moda los identitarismos actuales).

Si Hermann Tertsch llega a leer esto a buen seguro podrá empatizar conmigo dada su conocida militancia comunista durante su juventud. Entenderá perfectamente el profundo odio irracional que pude sentir hacia su persona. Más allá de que por aquellos entonces me pudiera parecer provocador, faltón o fanfarrón, había algo por supuesto mucho peor: era alguien de derechas plantándonos cara, un enemigo de clase al que nuestra doctrina revolucionaria convertía en objetivo.

La conversión de Pablo de Tarso, conocido perseguidor de cristianos, aconteció de camino a Damasco cuando cayó al tras ser rodeado por una luz venida del cielo. La mía, y desconozco la de Hermann, fue algo más gradual (no exenta de varias caídas) pero siempre me gusta recurrir a ese episodio para dotarla de tintes épicos. Merecería un artículo aparte el explicar detenidamente cómo alguien llega a entender que el camino de la libertad no era el que estaba recorriendo. Muy en resumen (quizás en el futuro les pueda ofrecer más detalles), fueron sobretodo tres los hechos que supusieron un punto de inflexión en mi vida: conocer los devastadores efectos de la multiculturalidad al trabajar durante un tiempo en un distrito multicultural de Londres, asistir a cómo la mafia feminista acosaba a un amigo por unos hechos de los que era inocente y caer perdidamente enamorado una chica enemiga de clase que hizo desaparecer de un plumazo todos mis prejuicios socioeconómicos. A partir de entonces atravesé un periodo de dolorosa y profunda reflexión que finalizó con una afirmación: del odio, como de la droga, se sale.

Actualmente combato todo en lo que en su día hubiera defendido hasta el final. Los símbolos que entonces quise destruir porque encarnaban opresión del colectivo, se han convertido hoy en algo a preservar puesto que encarnan la libertad del individuo. Creo que nos encontramos en una encrucijada en la que las libertades de las que gozamos en Occidente están gravemente amenazadas. Un contexto de guerra cultural en el que nuestra civilización corre serio peligro.

Las inminentes elecciones europeas supondrán un termómetro para comprobar en qué punto nos encontramos: una Europa que se deja morir frente a una Europa que empieza a despertar. Hermann Tertsch, aquel que en su día fue mi enemigo, es candidato de esta última y desde aquí le pido que combata a los que son como yo mismo fui un día.

Yo odié a Hermann Tertsch. Hoy combatimos en el mismo frente y a ustedes les podrá sorprender pero él, buen conocedor de su propio pasado, lo entenderá perfectamente.