No, no quieres imparcialidad en la prensa

El mundo del periodismo es, en general, profundamente destructivo. Su esencia es la crisis continuada, el enfrentamiento, la caída y el nacimiento, un microuniverso en el que la proliferación de unos suele nacer del descrédito y el fracaso de otros. Puede parecer una afirmación peligrosa y algo falaz, pero estoy seguro de que, pensada fríamente, la entenderán como verdadera.

Piensen en el descenso de popularidad de los diarios convencionales y la subida de opciones como OkDiario. La diversificación está, hoy en día, afectando a todos los aspectos de nuestra vida, y el periodismo no iba a ser menos. Los medios generalistas se descomponen porque la gente ya no los considera necesarios. No vivimos en aquel país en el que teníamos un euro que gastar al día en un periódico y, por ende, elegíamos estratégicamente la opción más equilibrada, sino en una nueva sociedad en la que la información está por castigo, hasta el punto de que, en ocasiones, tratamos de huir de ella.

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No soy de los que creen en las casualidades ni en las conspiraciones. Hoy en día, el español medio tiene a su alcance, no solo por sitios web sino, también, por redes sociales, toneladas de datos, comparativas y reportajes de inmensa calidad. El truco, como en todo, está en buscar cada tema en el lugar en el que menos interés tengan en maquillarlo. Si tenemos el deseo de saber, no es difícil indagar hasta dar con interpretaciones correctas o, cuanto menos, verosímiles de los fenómenos que nos interesan. Sin embargo, si analizamos la vida de la persona común, así como nuestra propia tendencia, notaremos que, lejos de ampliar fronteras, todos caemos en el vicio de concentrar nuestra atención en aquello que ya despertaba de antemano nuestra simpatía.

Pueden hacer la prueba ustedes mismos. Elijan cualquier contacto de su interés, abran su perfil de Facebook y comprueben su actividad. Verán que, en la inmensa mayoría de ocasiones, las noticias y vídeos que comparte siempre provienen de las mismas fuentes; que frecuenta grupos de temática y orientaciones ideológicas similares y que sus interacciones se concentran en un grupo más o menos reducido de personas -sean tres o cien, suelen ser siempre las mismas-. Tienen, ante ustedes, la realidad del siglo XXI: será porque no tenemos tiempo o, tal vez, porque nos faltan las ganas, pero el hecho es que no somos una sociedad deseosa de ampliar sus horizontes. Tenemos prisa y queremos placer. Consumimos lo que nos gusta y, por ende, sabemos perfectamente lo que apoyar.

Existen honrosas excepciones -auguro que ustedes, los lectores de Disidentia, serán una de ellas-, pero seguro que incluso personalmente han encontrado esa predisposición de la que hablábamos, y se sorprenden de comprobar que, lejos de compartir lo que les llega a través de cien fuentes diferentes, más de un ochenta por ciento de lo que quieren transmitir a los demás lo obtienen de un número extraordinariamente reducido de lugares, en una especie de distribución de Pareto aplicada a la vida diaria. ¿Quién necesita pasarse el día leyendo varias fuentes de la misma noticia si puede entrar en “Público” o en “OKDiario” y navegar por la parte de la realidad que le interesa? El futuro es la parcialidad creciente, por suerte o por desgracia.

Por eso es tan curioso que tanto nosotros como los políticos vivamos una paranoia colectiva con el tema de la objetividad. No hace mucho, comentaba en redes sociales mis deseos respecto al futuro de RTVE y, como era de esperar, pocos criticaron que desease debates políticos plurales. Sin embargo, cada vez que he hablado de nutrir los informativos de las cadenas públicas a través de informaciones provenientes de agencias internacionales, realizando el informe más neutro posible de lo acontecido contrastando diversas fuentes, he encontrado una oposición bastante férrea, lo que viene a confirmar algo que ya sabía de antemano: nadie querría ver eso. No estamos interesados en la exposición sistemática de lo acontecido pero, al mismo tiempo, reclamamos objetividad. ¿Es curioso, verdad?

Creo que la respuesta está en una combinación entre el espectáculo, el inconformismo y la confrontación. Incluso si la persona que nos transmitiese la información diese datos honestos y veraces durante todo el tiempo que durase su programa, en España recibiría críticas por haberse saltado alguna noticia interesante para nosotros, o porque dedicó más tiempo a un reportaje que al siguiente, o porque es un hombre y no una mujer. Además, si su programa no fuese entretenido, lleno de cambios de plano, entonaciones e insinuaciones teatrales, es probable que no cumpliese con los estándares ni de la izquierda ni de la derecha, tan agradecidos con los exabruptos y el aire burlón habitual en sus tertulianos de cabecera. Dicho esto, creo que la clave es, en efecto, el tercer elemento: el enfrentamiento.

Me imagino que el espacio televisivo que más audiencia tendría en el terreno informativo en España sería un sustituto del telediario en el que seis referentes ideologizados (tres de izquierda y tres de derecha, por poner un número) peleasen por contarnos lo que ha sucedido. En lugar de recibir una versión, tendríamos seis formas diferentes de relatarnos lo mismo, acicaladas con insultos, provocaciones, salidas de tono y cortes continuados, explayándose en noticias sociales -por ejemplo, sobre refugiados- y despachando en unos segundos temas poco relevantes -la marcha de la economía y nimiedades por el estilo-. Como pasa con tertulias muy conocidas de la televisión, nadie duda de que cada uno de nosotros se quedaría, al final del programa, exactamente con la misma información honesta y veraz que tenía antes de prender el televisor, pero las redes sociales arderían y eso es, al final, lo que nos interesa. Eso sí uniría España.

No quiero concluir este artículo como una mala película, llenando el final de clichés como “si nos educasen mejor, elegiríamos lo más objetivo”, porque creo, sinceramente, que no es cierto. No pienso que estemos peor formados que nuestros padres y abuelos, y no tengo ninguna duda de que las generaciones presentes han pasado por una educación infinitamente más adaptada a la posibilidad de la diversidad que sus predecesoras. Lo que ha ocurrido es, simple y llanamente, lo que debía pasar: ante multitud de opciones, elegimos lo que nos agrada. De hecho, lo que sí es fruto de la formación es el aire digno -impostado y cutre- que se nos pone cuando hablamos de los demás como si nosotros fuésemos los inventores del pensamiento libre.

Dejémonos de análisis sesudos y lloriqueos disfrazados de reflexión, y permitidme esta vez ser un poco más ordinario. Si el mensaje que nos gusta no cala ni siquiera un poco, es porque la gente que vive con nosotros no lo quiere. Asumámoslo. Todos tenemos problemas. No debemos mirar por encima del hombro al resto del mundo, como si viviésemos en una atalaya moral y los demás fuesen criaturas involucionadas deseosas de ser evangelizadas por nosotros. Tenemos que madurar.

Soy Pablo López Pastor. En mi blog, http://lopezpastor.com, podréis encontrar más contenido propio sobre otros temas.