La Diada es sin duda el gran termómetro del separatismo en Cataluña. Cada 11 de septiembre, los partidos y asociaciones separatistas esperan la llegada de esta jornada para medir los apoyos de la sociedad catalana al movimiento independentista y si tienen en cuenta los datos de este año, tienen motivos para estar muy preocupados.
Tras años de una participación que va a menos, este 2023 la Diada ha vivido un pinchazo mayúsculo al contar con una participación de apenas 115.000 personas, 35.000 menos de las que participaron el pasado año, que ya fue un año negativo para el separatismo. Por su parte, la ANC ha cifrado en 800.000 personas los asistentes a la manifestación en Barcelona, una cifra que no se acerca ni por asomo a la real.
La manifestación de este año estuvo dividida en cuatro columnas que salieron de la Ciudad de la Justicia, la Escola Proa, la Estación de Sants y la plaza Letamendi y que confluyeron en la plaza España.
A pesar de que la ANC y los partidos separatistas esperaban que la posible amnistía a Puigdemont y la voluntad de iniciar una negociación sobre la autodeterminación para conseguir celebrar el tan ansiado referéndum disparase la asistencia a la Diada de este año, la realidad es que el separatismo sigue perdiendo apoyos en la calle.
En 2012, año en el que se celebró la primera marcha, la asistencia fue de más de 1,5 millones de personas. Por tanto, en apenas una década, la participación ha caído en un 90%, quedando patente que los catalanes han descartado los planes separatistas como una opción realista para el futuro de Cataluña.
La división hace mella en el separatismo
Las diferencias existentes entre ERC y Junts han quedado claras este lunes, ya que los dos partidos separatistas con más representación en Cataluña han marchado por las calles de la Ciudad Condal separados, recorriendo diferentes calles hasta encontrarse en el final.
Además, fueron muchos los separatistas que criticaron al presidente de la Generalitat, Pere Aragonés, y los consejeros de ERC. Durante su recorrido por las calles de Barcelona, tuvieron que aguantar críticas y gritos de «traidores» o «vendidos».