Feminismo, ignorancia y paranoia colectiva

España se merece algo mejor que el feminismo más radical.

A veces, lo que más nos preocupa no es la idea, sino quien la defiende. No en vano, a muchos españoles les asqueaba el país con el que se encontraban al despertarse todos los días y, aunque la ley no haya cambiado, la mayoría han cambiado de opinión solo porque el gobierno es socialista. Es conocido que todos los problemas aparecen y desaparecen dependiendo de quien gobierne y, de la misma forma, lo mismo que antes eran ideas horribles, como las que inspiraron el 90% de la legislación española, pasarán a ser, para el ciudadano medio, maravillosas en manos del socialismo. Era de esperar, pero no deja de ser preocupante.

Hay quien cree que esto mismo se puede aplicar al feminismo y que, aunque no nos gusten sus representantes más mediáticas, nos podemos quedar con el fondo de esta línea de pensamiento, la igualdad real entre el hombre y la mujer. Por desgracia, esto no es exactamente así, dado que, cuando el caso es al revés -es decir, que la ley está aún por poner y su aplicación dependerá de lo que digan quienes hoy la defienden- hay que tener mucho cuidado con quién cogemos de referente. Y lo cierto es que, digan lo que digan, el feminismo se ha unido a otras ideologías que han preferido poner a personas conocidas como portavoces antes que a verdaderas conocedoras de la materia.

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El resultado es por todos conocido. Cuando alguien plantea que Cristina Fallarás debería tener un puesto importante en la televisión pública, o lleva a Leticia Dolera a hablar de feminismo en un programa de prime time, o incluso se atreve a considerar personas relevantes para la política a personajes extremistas como Barbijaputa, podemos hacernos una idea del nivel de degeneración al que hemos llegado. Porque no es sólo que estas mujeres devalúen mucho el sentido que tiene el feminismo, sino que introducen elementos que no tienen nada que ver con el mismo.

Haber dejado que personas ignorantes en la materia nos traten de ilustrar nos ha traído al mundo del “solo sí es sí”, del “machete al machote”, del “sexo con empatía”, de las microagresiones, del machismo cotidiano y demás ideas en las que cabe absolutamente todo. Para el feminismo impulsado por las nuevas ideólogas, es tan malo que una mujer se ponga una falda para acompañar a un piloto de Fórmula 1 en el podio como que la misma mujer no pueda ir enseñando exactamente lo mismo por la calle -o incluso más-. Los juegos dentro de la sexualidad dejarían de tener cabida en el mundo soñado por Leticia Dolera, pues la vida sexual se convierte en una suerte de contratación de la otra persona para mantener relaciones que deben ser explícitamente consentidas, preferiblemente con la firma de ambos interesados y ante notario. Y es que “solo sí es sí” implica exactamente eso: no puedes saber si una mujer quiere tener sexo contigo si no se lo preguntas directamente e, incluso si lo haces, como no lo grabes en vídeo estás perdido. ¿Imagináis un mundo organizado de esta manera? Pues, si seguimos como hasta ahora, lo vamos a tener.

Dejar que las ideas se perviertan es responsabilidad de todos, porque solo hace falta consentir la estupidez un poco para pasar del perfectamente entendible “no es no” al oligofrénico “solo sí es sí”. Basta con despistarnos un rato para acabar rodeados de consignas nocivas, así como de un grupo de personas que creen que tienen la razón por mantener ideas perversas acerca de las relaciones interpersonales. Si dejamos al feminismo convertir el mundo en un campo de batalla, donde todos los hombres son potenciales violadores y donde la mujer es o militante feminista dispuesta a todo o una alienada que no se entera del peligro que acecha, nos acabaremos encontrando con una España asustada de sí misma y enormemente restrictiva respecto a las libertades personales.

Nadie debería olvidar que las mujeres tuvieron que superar enormes barreras a lo largo de varias generaciones, que según qué personajes parecen obsesionados en recuperar. Quien dice que “hasta tu mejor amigo podría estar pensando en violarte”, o que la justicia no te va a ayudar en nada -a raíz del polémico caso de la Manada- se diferencia poco de aquel hombre que obligaba a su hija a volver a casa a las ocho, o que se volvía loco al verla enseñando algo más que los tobillos. Las mujeres, a nivel mundial, eligieron, ya hace mucho, enfrentarse a los peligros del mundo real igual que lo hacían sus compañeros de género masculino, porque la otra opción es que vivamos encarcelados o en una sociedad llena de miedos y paranoias absurdas.

La ciudadanía no debería sentirse obligada a escuchar más de la cuenta a personajes que solo crean ideas en base a la exageración. Empiezo a preguntarme si, acaso, somos incapaces de darnos cuenta de que convertir en referentes a tuiteras nos hace más mal que bien, o que llevar a una actriz a la televisión a que nos cuente lo que deberían hacer jueces con titulación y años de experiencia es vergonzoso. La política no se debería dejar llevar por las tonterías de personas que venden su dignidad a cambio de miles de “Me Gusta”, porque el trabajo de quienes defienden a la ciudadanía es decir la verdad. Aunque duela y sea impopular, un político decente no debería permitirse el lujo de darse un baño de masas a cambio de dejarse la credibilidad en casa. España se merece algo mejor.

Soy el autor de este texto, Pablo López, y me encantaría ofrecerte otro tipo de textos escritos por mí en mi sitio web, http://lopezpastor.com