El lenguaje de la moral: un arma cultural

Se antoja cada vez más complicado negar que asistimos a tiempos de cruenta batalla cultural a lo largo de todo Occidente. Tiempos en los que se ha llegado a tal encrucijada que, aún a riesgo de sonar apocalíptico para ciertos sectores incautos (que cada vez son menos), es menester afirmar ya lo siguiente: la propia supervivencia de nuestra civilización, tal y como la conocemos hoy (cuyas cotas de libertad jamás fueron vistas con anterioridad), está en serio riesgo. Para ponernos en situación, en primer lugar habría que definir brevemente de qué se está hablando cuando se usa el término “batalla cultural”. Sin ánimo de ser exhaustivo, lo podemos exponer así: “Conflicto por la definición de los elementos hegemónicos de una cultura, donde la cultura aparece, al mismo tiempo, como medio y como fin de una disputa de relativa magnitud”.

Si bien la izquierda finalmente perdió la guerra económica a principios de los años noventa frente al capitalismo, sus intelectuales en occidente llevaban décadas entendiendo que jamás podría acometer una revolución violenta a través de la cual tuvieran la oportunidad de subvertir el orden económico para establecer el socialismo en Europa occidental o Norteamérica. Ya saben, el obrero había alcanzado tales cotas de bienestar en el capitalismo que estaba más en cambiar de televisor que en coger un fusil y hacer la revolución jugándoselo todo (la lógica se impone). Y si la izquierda no podía hacer la revolución mediante balas y bombas como intentaba en Latinoamérica, ¿cómo podría hacerlo?. La respuesta es simple: a través de la cultura.

Tal y como ha quedado definido con anterioridad, en una batalla cultural, la cultura aparece simultáneamente como medio y como fin. Si el fin de la izquierda fue y es alcanzar la hegemonía de ésta (cosa que a todas luces ha logrado), sólo nos queda saber cuáles son los medios en los que implantó el huevo de la serpiente marxista para que poco a poco fuera eclosionando hasta dominarlos llegando así a la situación actual: medios de comunicación, universidades, movimientos sociales, ONG, mundo del espectáculo, museos… Resulta evidente que, frente a la estrategia del terrorismo guerrillero, se advierte mucho más efectivo contar con el apoyo de todos estos sectores a la hora de conquistar el poder político: nadie pone en duda la utilidad que para la izquierda tiene, más que cuatro encapuchados extorsionando al gobierno tras hacer estallar un coche bomba, que todos veamos a través de televisión a Almodóvar lanzando una soflama progresista en una entrega de premios o al vocalista de tu grupo de rock favorito apelando desde el escenario a la solidaridad con los refugiados sirios.

Lo más dramático y bochornoso de esta historia quizás haya sido ver cómo la derecha política tradicional poco a poco ha ido asumiendo todos los postulados ideológicos del progresismo (agenda totalitaria feminista y LGBT, multiculturalidad, aborto libre…) en un lamentable ejercicio de claudicación antecedido de una imprudencia imperdonable: creer que tras su victoria en la guerra económica todo estaba hecho. Al haber renunciado a la batalla cultural a partir de entonces, a las propias ideas, los principios que una vez sostuvo quedaron poco a poco enterrados bajo la gran bota de hierro totalitaria que supone la hegemonía cultural izquierdista. Hoy sufrimos las peligrosas consecuencias de esa capitulación que supuso la entrega de la cultura a cambio de la aceptación a regañadientes de la economía de mercado. Al encontrarse la derecha rehén de la propia traición a sí misma, durante muchos años pareció no haber oposición porque, seamos claros, la derecha puede haber ostentado el poder político de manera esporádica (incluso con mayorías absolutas) pero, ¿cómo va a osar a enfrentarse desde ahí a todo un establishment cultural y mediático? Sería necesario un noble ejercicio de gallardía y arrojo que nunca llegó.

Hubo que esperar hasta 2016 para ver la primera gran derrota del progresismo dentro de la guerra cultural que declaró a la civilización y que visto desde hoy supondría un punto de inflexión en el despertar de Occidente: la victoria de Donald Trump. La nueva derecha alternativa (en la que confluyen de manera compacta liberalismo, conservadurismo y patriotismo) a la que la izquierda teme al no estar postrada ante sus delirios y su poderoso aparato mediático/político no ha parado de crecer desde entonces. Brasil, Francia, Italia, Hungría, España (con Vox como instrumento)…

Un movimiento rebelde e imparable, nutrido con amplios sectores populares hastiados de corrección política impuesta por el sistema, comienza a perder el miedo a esa miserable superioridad moral que ha osado otorgarse quien posee la hegemonía cultural. Una superioridad moral delirante que la ha llevado a confundir diversidad con uniformidad de pensamiento o tolerancia con censura al discurso disidente.

Llegados a este punto, cabe que señalar que está equivocado quien piense que esta batalla cultural en la que nos encontramos inmersos es algo exclusivo de las grandes élites o poderes políticos. Quien realmente tenga un firme compromiso moral con las libertades habría de tomar parte en ella y aquí es donde pretendía llegar tras contextualizar. Para combatir al enemigo neo-marxista y evitar que finalice su siniestro experimento de ingeniería social colectivista al que está sometiendo a la sociedad, necesitamos hacer uso de los medios que hoy tenemos a nuestro alcance. Puesto que están en las sucias manos de la izquierda tras décadas de trabajo para obtener su control, no gozaremos de televisiones que reproduzcan nuestro discurso, ONG o personajes mediáticos de la farándula pero todos tenemos redes sociales a través de las cuales dar la batalla se hace posible.

Si se quiere plantar cara a la izquierda se debe comenzar usando las armas que ellos usan (porque no perdamos de vista que esto es una batalla con armas y estrategias) y a través de las cuales han tenido ventaja hasta ahora. Una de estas armas es el lenguaje de la moralidad. ¿Cuál es la razón de su gran efectividad? A la izquierda por definición no le hace falta saber de política, le basta con saber que su oponente es directamente malo (sí, he dicho saber porque no lo piensan, lo saben), es decir, una estrategia moralizante: nosotros, buenos; ellos, malos. Al basar su ideología en una inmoral idea de justicia social, estamos perdiendo el tiempo si pretendemos vencerles exponiendo la efectividad de nuestras medidas por mucho que así lo sean. Para ellos su justicia está por encima de cualquier eficacia. Se llama superioridad (in) moral en su caso y a continuación, para rematar el escrito, expondré un ejemplo.

Todos a estas alturas conocemos la totalitaria Ley Integral de Violencia de Género que se aplica en España. También conocemos su ineficacia a la hora de reducir el número de asesinatos de mujeres a manos de hombre. A la izquierda (y a cierta derecha) eso no le importa en absoluto ya que esa ley no se implementa en base a la efectividad que pueda tener sino que, por el contrario, se aplica en base a la idea liberticida de justicia que posee la izquierda con objeto de compensar de forma vengativa, según nos cuentan, la supuesta violencia estructural que sufren las mujeres a manos de los hombres. Traduzcamos: para seguir existiendo, la izquierda necesita generar violencia y conflicto presentándose a sí misma como la solución a ello. Caer en la trampa de tratar de combatir a esa ley en base a su efectividad o no, cuando eso no les importa en absoluto, es un grave error de estratégico. Debemos subir al nivel desde el que nos escupen, esto es, usar el lenguaje de la moralidad diciéndoles a la cara lo que pocos se atreven a decirles: “Es asquerosamente inmoral conculcar la presunción de inocencia de una persona, es asquerosamente inmoral tratar a las mujeres como seres indefensos que necesitan la protección de siniestros burócratas de género y es asquerosamente inmoral querer provocar una guerra civil de sexos”. Usemos el lenguaje como arma señalando su inmoralidad.

Los días de la superioridad moral de la izquierda tocan a su fin.

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